El yoga como cura

Aquí estoy, en este verde sofá, entre estas cuatro paredes blancas. Fiebre, dolor hasta en partes del cuerpo que no sabía ni que existían, una garganta teñida de blanco por el pus, una campanilla que ha desaparecido aplastada por las amígdalas. Anginas, sí. Todos hemos tenido anginas alguna vez, pero creo que estas han sido mis peores. Despertarme esta mañana, llorando de dolor, de agobio, cansada de sudar y sin saber a dónde ir. Es horrible estar enfermo cuando no estás en casa.

Me he duchado como he podido, me he vestido con cualquier trapo y me he dirigido, sola, a urgencias. Un camino que se me ha hecho eterno y una posterior espera aún más eterna. Finalmente, me atendieron, me recetaron lo que necesitaba y pude volver a tumbarme en este sofá.

He estado pensando por qué tengo que sufrir esto ahora. ¿Por qué anginas?  La respuesta es que mi cuerpo me ha dado un toque de atención y no uno cualquiera. Es un toque doloroso y cruel. Pero lo acepto. Me pasé toda la semana pasada sin respirar ni un segundo, como ya expliqué aquí, no tenía tiempo ni de comer.

En algún momento del domingo, creo que debían ser las tres de la madrugada, me eché a reír. Pensé: “neus, vas de sana con tu vida yogi y mírate, aquí, sudando uno de los peores virus de tu vida”. Tiene su gracia, o mejor me río por no llorar.

Esta tarde se me ha encendido la bombilla y he pensado que seguro que hay asanas para las anginas. Aunque en un principio me lo dije a mi misma para reirme yo sola, me picó la curiosidad y abrí mi “biblia yogi” sin pensar que podría dar con ello. Pero por sorpresa, allí estaba: una secuencia para las amigdalitis.

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Con fiebre haciendo variantes de Sirsasana

Sin pensarlo, he cogido la esterilla y he intentado llevarla a cabo. A los treinta segundos ya estaba sudando. Al respirar por la nariz, oía ronquidos que venían del interior, un sonido que jamás antes había escuchado al practicar. Notaba como los latidos de mi corazón iban directos a las amígdalas. Mi cuerpo, débil, no me respondía de su mejor manera, pero he hecho lo que he podido. Todo me dolía pero a su vez me calmaba. No sé si debe funcionar o no, pero yo creo en estas cosas. Si el maestro Iyengar trabajó durante 25 años con sus alumnos para idear estas asanas para combatir enfermedades, es que de algo debe servir.

De momento, a mi me ha servido para espabilarme, estirar mi cuerpo atrofiado, respirar, hacer latir mi corazón, calmar mi mente y agradecer, because I’m at the right place, at the right time. Thank you. Love.

Así que aquí estaba yo, luchando contra el virus de todas las maneras posibles. Solo espero poder dormir esta noche.

Bona nit y Namaste!

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